La Inteligencia Artificial (IA) ha puesto a la comunidad frente a un desafío crucial de la relación entre los humanos y la tecnología. La generación Z o nativos digitales están pavimentando el camino hacia la nueva autopista del conocimiento. Se trata de los adolescentes y jóvenes que están creciendo con teléfonos inteligentes e internet como un factor fundamental para su diario quehacer. Esta franja etaria tiene como sello particular que, en el trabajo, intentan ser lo más flexibles posibles con el tiempo, con el fin de balancear la tarea rentada con su vida personal. Además, tratan de romper los esquemas tradicionales del mundo del trabajo, en el que el centro de ese universo es la individualidad.
La gestión de la IA, sin embargo, encuentra cierta resistencia en la porción de la sociedad que supera los 50 años. A ellos se les presenta un dilema: mantenerse con la sintonía natural de su empleo o bien subirse al desafío de transformar su manera de ejercer un oficio o una profesión. De acuerdo con algunas estimaciones globales, las personas mayores tendrán un peso creciente en la fuerza laboral, ya que uno de cada tres trabajadores tendrá más de 65 años. Sin embargo, durante décadas, las organizaciones diseñaron sus carreras pensando que las personas estudiaban hasta los 25 años, trabajaban hasta los 65 y luego se retiraban.
Ese modelo ya no describe la realidad: hoy vivimos más años, nacen menos niños y la población en edad de trabajar comienza a reducirse. La inteligencia artificial (AI) acelera esa transformación, pero no la explica por sí sola, advierte un reciente informe de The Shift, una Organización No Gubernamental que impulsa el debate sobre el impacto del cambio demográfico y que desarrolla esa actividad con reconocidas empresas de distintos rubros a nivel nacional e internacional.
La experiencia acumulada ya no alcanza: el nuevo escenario exige un conjunto de habilidades adaptativas, transversales y urgentes. Según The Shift, tres de ellas serán determinantes para quienes quieran mantenerse vigentes en un mercado de trabajo rediseñado. La primera es aprender a aprender, la más humana de todas, en la que ningún conocimiento técnico es garantía de permanencia en un mundo en el que la tecnología cambia de forma permanente. La segunda está relacionada con la alfabetización en inteligencia artificial, una habilidad para comprender cómo funcionan estas herramientas, cómo integrarlas al trabajo cotidiano y cómo evaluar críticamente sus resultados para convertirlas en compañeros de trabajo. La tercera es desarrollar habilidades intergeneracionales frente a la oportunidad en que, en una misma empresa pueden llegar a convivir hasta cinco generaciones. Las tensiones propias de la convivencia de edad pueden convertirse en un aprendizaje constante, con retroalimentación dentro de la organización.
Más allá de los cambios tecnológicos, en el mundo de las empresas lo más valioso de ellas puede ser la combinación de la experiencia de las personas con mayor antigüedad y las nuevas perspectivas que le impriman los jóvenes. Esa suele ser la ventaja competitiva que las compañías pueden robustecer en un sistema cada vez más exigente.